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28 de febrero de 2026Pedro Rodríguez
30 años construyendo el futuro del café boliviano, grano a grano
Pedro Rodríguez es uno de los pioneros del café de especialidad en Bolivia. Nacido en La Paz y formado en el mundo financiero, decidió dejar atrás la oficina y los trajes para entregarse a su pasión por la naturaleza, los viajes y la tierra. Fundador y socio de Café Buena Vista, ha dedicado más de tres décadas a transformar el café boliviano: primero como exportador de commodity, luego como impulsor de cafés finos de alta calidad provenientes de Caranavi y otras regiones.
Estamos con don Pedro Rodríguez para Revista VID, quien es la portada de este mes. Don Pedro es dueño y socio de Café Buena Vista, y queremos conocerlo un poco más. Don Pedro, por favor, cuéntenos algo de su infancia, su época en el colegio, dónde se crio, dónde estudió y qué le gustaba hacer de niño.
Soy boliviano, nacido en la ciudad de La Paz, donde me crié y pasé toda mi infancia. Estudié en el colegio San Calixto, un colegio de jesuitas. Vengo de una familia de cinco hermanos; soy el menor. Mi formación inicial fue en el área financiera: estudié en la Universidad Mayor de San Andrés. Me tocó vivir una época de mucha inestabilidad en Bolivia, con golpes de Estado constantes que afectaron directamente a mi formación Durante mi etapa universitaria, la universidad estuvo cerrada cerca a un año, lo que perjudicó seriamente mis estudios y me obligó a buscar trabajo.
Contextualicemos: ¿estamos hablando de los años ochenta?
Exacto, los ochenta. No tuve la posibilidad de estudiar en el exterior, Tuve que trabajar, pasé siete años en la banca. En ese tiempo me fui descubriendo: entendí que no estaba hecho hecho estar encerrado en una oficina, mucho menos vestido con traje y corbata. Siempre he sido rebelde con esa vestimenta formal.
Fue entonces cuando nació mi espíritu de emprendedor. Me di cuenta de que necesitaba hacer algo propio. Que tenía que estar vinculado a lo que realmente me gustaba. Desde muy temprano comprendí que, si haces lo que te apasiona, las probabilidades de éxito son mayores.
Siempre he sido un amante de la naturaleza. Desde niño tuve la suerte de viajar mucho al campo y desarrollar un vínculo especial con los Yungas. Me encanta el calor, lo verde y la naturaleza. Por eso actualmente vivo en Santa Cruz. Además, me apasiona viajar; más de la mitad del año paso en el campo o fuera del país. Esa ha sido mi trayectoria como emprendedor.
Cuando estaba en el banco y pensaba en un negocio que combinara naturaleza y viajes, ¿ya viajaba con frecuencia o eso vino después?
Viajaba al campo de paseo.
Claro, pero viajar al campo es distinto a viajar a Europa o Estados Unidos. ¿Tenía esas ganas de conocer el mundo?
Sí, por supuesto. Tuve la suerte de que en mi emprendimiento se pudiera exportar y me permitiera conocer el mundo. Paso a paso fui redondeando la idea.
Exploré qué se podía producir en los Yungas. En ese entonces había muy pocas opciones, porque La Paz no es un departamento de actividad agrícola. La agricultura estaba desarrollandose en el oriente. Me llamó la atención el café. Curiosamente, yo ni siquiera consumía café; no era una bebida que me atrajera. Pero el producto en sí me interesó. Vi que tenía buenas posibilidades de crecimiento y de abrir mercados. Bolivia ya venia exportando café a Estados Unidos y Europa.
Investigué y decidí entrar en ese mundo. No tenía capital, así que tuve que asociarme con un pariente y un amigo. Yo aportaba con mi trabajo y viajando. Empecé en Sud Yungas, la zona que entonces mejor conocía. Al cabo de los primeros cinco años, Sud Yungas perdió importancia en la producción y Caranavi empezó a ganar protagonismo. Entonces me trasladé a Caranavi para comprar y procesar el café.
Mis primeros quince años fueron de compra, procesamiento y exportación: una etapa puramente comercial. No entré en producción, no tenía formación agrícola y había muchas dificultades para hacerlo. Pero fui descubriendo que me gustaba la agricultura.
Si haces algo que te apaciona, las probabilidades de que funcione son mucho mayores.
Ya le gustaba el campo.
Si pudiera volver a empezar mi etapa universitaria, estudiaría agronomía sin dudarlo. Sin embargo, mi formación financiera y los años en la banca me han servido muchísimo: me dieron disciplina, orden y herramientas para el manejo administrativo y financiero de la empresa. La banca es una excelente escuela para cualquier emprendedor: enseña a hacer las cosas en tiempo y forma, con procedimientos claros.
Cuando hablamos de formalidad en el banco no nos referimos a la corbata o el traje —que era lo que menos le gustaba—, sino a las estructuras, los procedimientos, las evaluaciones de pros y contras. No es una sola persona quien decide; hay áreas involucradas. Eso es clave en los negocios: hay que poner corazón, pero también revisar números y asegurar rentabilidad para que el proyecto perdure.
Así es, exactamente. La banca tiene normas estrictas, pero también ves resultados cuando hay orden y procedimientos bien aplicados, especialmente en el servicio a los clientes.
Esos primeros quince años —entre los Yungas y la migración a Caranavi— son una buena parte de la vida. Usted lo menciona casi como si hubieran pasado rápido, pero son muchos años.
Sin duda, y con muchas experiencias difíciles. Fueron quince años trabajando en el mundo del café como commodity. Mi expectativa era que Bolivia creciera en producción, pero la producción se mantuvo concentrada en el departamento de La Paz, que no tiene una vocación agrícola fuerte. El departamento de La Paz es más de servicios, con un potencial enorme desaprovechado, especialmente en el norte. El centralismo y la falta de atención al norte paceño han limitado su desarrollo. En vez de crecer, la producción de café fue decreciendo.
¿Cree que esa matriz productiva va a cambiar tarde o temprano? Un departamento no puede depender solo de servicios; necesita sustentabilidad propia.
Hay un sinfín de oportunidades en el norte paceño.
El café y el cacao son dos ejemplos claros de productos exitosos en el mercado internacional, que fueron perdiendo espacio por falta de vocación productiva y de impulso a la iniciativa privada. Mucha gente espera que el Estado haga todo.
¿No tendrá que ver también con la cultura? A usted le gustaba el campo desde niño. En La Paz parece haber más apego a la ciudad, al orden, menos gusto por lo rural. En Santa Cruz, en cambio, la gente está más ligada a la tierra.
Totalmente de acuerdo. Es un tema cultural y de costumbres. En Santa Cruz se ama la tierra y el campo; en La Paz predomina el vínculo con la ciudad y los servicios. Las oportunidades económicas están detrás de esas maravillosas montañas que tiene, el potencial es enorme, sobre todo para la juventud: productos con mercados, suelos aptos y clima favorable. Café, cacao, colorantes naturales, frutas tropicales… hay mucho por hacer.
Imagino que, al inicio, cuando empezó con esos dos socios, la zona rural del norte de La Paz era bastante inhóspita, sin muchas comodidades.
No me fui a vivir al campo. Tuve un negocio más comercial: iba en época de cosecha a comprar a pequeños productores. Las carreteras eran muy malas y riesgosas, pero me encantaba manejar, conducir por esos caminos de aventura fueron un hermoso desafío. Fue parte de lo que disfrutaba del trabajo. La zona siempre fue segura en cuanto a la gente, y había mucha ilusión y deseo de hacer bien las cosas.
Luego se trasladan a Caranavi, y en algún momento aparecen en Santa Cruz con la finca en Buenavista, que da nombre a la marca. ¿Cómo surge esa visión y por qué compran esa propiedad?
Nació de una necesidad. Con el tiempo vimos que la producción en los Yungas bajaba; decrecía. No había una cultura cafetalera arraigada como en Colombia, Brasil o Centroamérica. Las propiedades son pequeñas, con algunas dificultadas para poder expandirse. El negocio del café, del commodity, es muy volátil; resulta ser el segundo commodity más importante después del petróleo—, con precios que suben y bajan por situaciones de clima, política y especulación.
Se presentó la oportunidad de comprar una finca en Buenavista, Santa Cruz. Un colega y amigo, Armin Franulic, ya había emprendido allí muchos años antes. Junto con otros amigos del café, compramos la propiedad de Armin, con la idea de tener el cafetal más grande. Llegamos a 160 hectáreas, fue el cafetal más grande de Bolivia en su momento. Pero enfrentamos problemas: el paquete tecnológico no era el adecuado para la zona, los suelos no eran los ideales y la productividad demasiado baja.
Justo entonces surgió la corriente de los cafés de especialidad en el mundo —hace unos 25 años— ademas de un programa de Naciones Unidas que nos abrió los ojos. Nos mostraron que Caranavi tenía condiciones excepcionales para producir cafés de alta calidad, muy finos. Enviamos muestras, participamos en ferias internacionales. Nos convencimos de que el café boliviano bien manejado era excepcional en la taza.
¿En qué año aproximado fue ese cambio con el programa de Naciones Unidas?
Alrededor del año 2000. El café de especialidad en el mundo comenzó a inicios de los 90, y en Bolivia entramos el 1999. Fue una salvación. Estabamos luchando por sobrevivir en el mercado del commodity, que no tenía ningún futuro para el café boliviano.
El commodity requiere volúmenes grandes y costos bajos.
Exacto. Necesitas escala, altas productividades y precios competitivos. En Caranavi y en Buenavista era imposible obtenerlos. Con la experiencia actual tal vez podría manejarse mejor un café commodity, de forma independiente al café de especialidad.
Cuando habla de cafés de especialidad, ¿se refiere ya a variedades como Geisha?
No, el Geisha y las variedades exóticas son más recientes. En ese entonces, un café de especialidad estaba concentrado en variedades como tiípica, Caturra y Catuai, de bebidas limpias, dulces, con buena acidez, cuerpo, y balanceadas en la taza, con notas que destaquen el terroir, al igual que en los vinos.
Si lo comparamos con el vino, ¿cuál sería el equivalente del café más común en Bolivia? ¿El “Cabernet Sauvignon” del café?
Diría que el Caturra y el Catuaí son el caballo de batalla, como el Cabernet Sauvignon: lo encuentras en casi todos los países productores.
Y eso dentro de los cafés de especialidad también?
Cualquier variedad puede ser de especialidad si el terroir es adecuado: suelos, altura, latitud, luminosidad, precipitaciones y hasta la cultura de las personas. Con buena genética y buen manejo, se logra calidad.
Es como la nueva corriente de los vinos: paladares más exigentes buscan varietales, procesos, trazabilidad. Los consumidores casi son los mismos. El café y el vino van en paralelo, se complementan. El café es el vino de la mañana; el vino, el café de la noche. Son las dos bebidas socialmente más importantes de la humanidad después del agua: no se toman para hidratarse, sino para socializar, motivar el día o relajarse. Son dos bebidas wque te atrapan, Por eso mi afinidad con el vino: cuando veo esa similitud, me fascina.
¿En qué momento se cruza toda esta pasión? Porque, aparte de la similitud agrícola que comparten, ambas son bebidas que se producen en el campo, muy ligadas a la tierra y a la vida rural. ¿Siempre le gustó el vino o en algún momento alguien le dijo “prueba esto”? El vino siempre ha existido —incluso el patero—, pero ¿cuándo empieza usted a probarlo y a hacer esta comparación con el café? ¿Cuándo surge esa apertura hacia el vino?
El vino entra en mi vida precisamente en este proceso de descubrir más y mejorar el conocimiento del café. Entre paréntesis: ambas bebidas son antiguas, pero el vino es muchísimo más antiguo. Se dice que ya se consumía antes de Cristo en Egipto. El café, en cambio, es una bebida relativamente nueva: surge en el siglo XV y se empieza a conocer y desarrollar globalmente con el descubrimiento de América.
Sin embargo, en términos de negocio y valor económico a nivel mundial, el café mueve más dinero que el vino hoy en día, y es una actividad con mayor participacion de gente trabajando.
Usted mencionaba que es el segundo commodity más importante del mundo después del petróleo.
Exacto. El vino no es commodity porque no se transa en bolsa.
Claro, y eso marca una gran diferencia. Creo que el café es el único commodity que no tiene reservas subterráneas. En el petróleo sabemos dónde están las reservas: en Arabia Saudita, Venezuela, Estados Unidos… Pero el café está sobre la tierra: es un árbol. Si mañana falta mano de obra en un país productor, la producción puede desaparecer rápidamente. Es mucho más variable.
Así es. El café es un producto renovable, a diferencia de las materias primas no renovables como el gas o el petróleo. La caficultura y la vinicultura son actividades económicas renovables.
Investigando, el negocio mundial del café ronda los 500 mil millones de dólares anuales; el del vino está cerca de los 400 mil millones. En volumen, el café mueve mucho más, aunque el vino tiene mayor valor agregado por copa. Se consumen más tazas de café que copas de vino, porque el café se toma a diario y el vino no necesariamente.
Ambos dependen del terroir: un Cabernet Sauvignon de Chile es muy distinto al de Samaipata o Tarija. Lo mismo pasa con el café. Ambos requieren manos artísticas: en el vino, el enólogo define las notas; en el café, los tostadores y baristas dan el toque final para resaltar dulzura, complejidad, cuerpo, entre otros. Hoy en la caficultura es muy reciente el rol del “cafeólogo” en las fermentaciones controladas, igual que en la vinicultura con el enólogo.
¿Por qué nace su interés por la vinicultura?
Hace algunos años viajé a la Argentina. Al visitar bodegas y probar, me impactó la similitud de procesos. Me fascinó cómo manejan la fermentación de forma más química y científica. La caficultura tradicional ha sido muy empírica, transmitida de generación en generación sin mucha ciencia, limitada a lograr una bebida limpia y punto.
Con el desarrollo de los cafés de especialidad, se empezó a buscar mayores atributos a las bebidas, más allá de la limpieza: notas de frutas, flores con mayor complejidad. Surgió entonces una nueva corriente en el café: el descubrimiento de variedades exóticas y, sobre todo, procesos de fermentación controlada. En la vinicultura ya hacían las fermentaciones controladas, y eso me llamó mucho la atención. Me dije: “Tengo que aprender de esta industria y aplicar este conocimiento al café”.
Además, la industria del vino parece menos hermética que la del café en cuanto a compartir procesos. La del café mueve más volumen, pero no es tan fácil visitar una finca o ver fermentaciones. En el vino, las bodegas viven del turismo tanto como de la venta: la gente paga por ver barriles, el proceso… En el café no hay esa apertura generalizada.
Creo que es parte de un proceso de maduración del rubro. La industria del vino está más profesionalizada y desarrollada: los enólogos son profesionales formados. El café recién está iniciando esa etapa.
No existe una carrera universitaria equivalente a enología para el café.
No existe. Es algo nuevo.
A nivel mundial, ¿dónde se busca hoy un experto en café? Hace 50 o 70 años, si querías hacer buen vino en Chile, traías un enólogo francés. ¿Hoy, dónde se busca un profesional del café?
Académicamente no lo encuentras. Se encuentran por experiencia. En muchos países ya hay expertos con trayectoria. Nosotros hemos traído enólogos de vino —de Argentina, por ejemplo— para mejorar procesos de fermentación en el café. Por eso mi vínculo con el vino: interactuar con ellos me ha permitido aplicar conocimientos químicos similares (levaduras, bacterias), aunque los objetivos sean distintos: en el vino obtienes alcohol; en el café, el alcohol es un defecto, buscas otros atributos.
Una diferencia importante: el café se produce en la franja tropical, en países en desarrollo o emergentes, pero el valor agregado se genera en países desarrollados (preparación, máquinas, consumo). En el vino, la mayor parte del desarrollo histórico y tecnológico ha estado en países desarrollados o con mayor capacidad de investigation e inversión.
En el vino, el origen está en países como Francia, Italia, España, y luego se expandió a Estados Unidos, Chile, Argentina… En el café, países como Colombia o Brasil han crecido más quizás por tener un consumo interno fuerte, que genera demanda propia. En Bolivia, el consumo interno de café de grano no sé si es alto o bajo comparado con Colombia, donde el café es parte de la identidad nacional. Aquí, tal vez la falta de consumo interno fuerte haya limitado el crecimiento. En Chile o Argentina el consumo de vino per cápita es alto (alrededor de 10 litros), mientras que en Bolivia es muy bajo (0,5 litros). Ese consumo local ¿no tira del tren del crecimiento?
Es un fenómeno interesante. Hago otro paréntesis: un impacto negativo para la caficultura ha sido el desarrollo masivo de los cafes instantáneos, estos han limitado que mucha gente pueda disfrutar de buenos cafés; se redujo a ser una bebida caliente con color y nombre con puro marketing. Espero que esto nunca le pase al vino, no puedo imaginarme consumir un vino instantáneo.
Hasta hace unos cinco años o mas, los países productores se quedaban con lo peor de la cosecha para consumo interno. No había distinción de calidad. En los últimos años eso ha cambiado drásticamente: los países productores consumen lo bueno que producen. Ha explotado el número de cafeterías especializadas —también en Bolivia—la mayoría de los jóvenes buscan disfrutar una buena taza.
Este efecto ha reducido la oferta exportable, que, junto al cambio climático, han hecho subir los precios internacionales en los últimos tres años. Los países desarrollados, que antes manejaban precios bajos, ahora pagan más por una taza de café. Brasil está cerca de ser el primer consumidor mundial además de ser el mayor productor. Colombia, aunque ha perdido posición como productor (ahora tercero o cuarto), ha aumentado muchísimo su consumo interno.
Marcas como Juan Valdés han posicionado a Colombia internacionalmente. En aeropuertos del mundo ves Juan Valdés. Ese marketing asocia el producto al país. Aquí en Latinoamérica, siento que ha crecido la cultura del café: accesorios, molinillos, métodos como el filtrado, el cold brew… Antes dominaba el expreso con mucha azúcar; ahora la gente prueba, saca el azúcar, explora. Internet y las redes sociales han acelerado todo: ves algo y lo quieres ya. Antes era boca a boca o TV; hoy una buena publicación en redes y en una semana todos saben de tu cafetería. Eso ha ayudado a que el consumo local crezca y se valore el producto nacional. Bolivia tiene potencial enorme en chocolate, café, carne, vinos, lácteos… Ojalá el norte de La Paz apunte a recuperar producción cafetalera para exportación, porque calidad sin volumen no alcanza en el mercado internacional.
Sin duda, el mayor potencial para ampliar la producción de café en Bolivia está en el norte de La Paz. También hay microclimas interesantes en otras zonas, como en Santa Cruz y Cochabamba. Nosotros tenemos plantaciones en Caranavi y en Samaipata desde hace mas de 15 años, con las mismas variedades, pero con descriptores de taza distintos por la oferta del terroir. Esto lo hace más atractivo para el consumidor que busca variedades, orígenes, y procesos diferentes.
Las redes sociales, la comunicación y la explosión de cafeterías están impulsando el crecimiento. El café se vuelve una bebida aspiracional: aparece en películas, en la vida cotidiana. La gente quiere probar cafés de distintos orígenes, variedades y procesos, igual que con el vino.
Son dos bebidas muy sociales. El café en la mañana, el vino en la tarde o noche: juntan gente, generan conversación, negocios, momentos personales. Esa interacción social es lo que impulsa su crecimiento.
Exacto. Son bebidas que conectan a los seres humanos, y lo hacen para hacerlos sentir bien. Te juntas para tomar un café por la mañana o un vino por la tarde: para socializar, hacer negocios, conversar. El café es el pretexto perfecto: “te invito a tomar un café para conversar”. Y muchas veces terminas con un vino. No invitas a alguien a discutir tomando café o vino; invitas para pasar un buen momento. Se complementan perfectamente, no compiten.
Bueno, Pedro, vamos llegando al final. Gracias por su tiempo, su disposición y su apertura al contarnos su historia en el mundo del café y esta conexión con el vino. ¿Algunas palabras finales para los lectores de la revista? ¿Algún mensaje sobre el café o el vino?
Simplemente aprovechar que la revista se distribuye a nivel nacional para invitarlos a conocer nuestra producción. El café Buenavista está disponible en el mercado interno y desde hace muchos años , llegamos a los mercados más exigentes del mundo, bajo la marca “LOS RODRIGUEZ“. Creo que el café boliviano es uno de los productos más representativos de las exportaciones nacionales hoy en día, su alcance es global, Si tuvieras que identificar a Bolivia con algo bueno afuera, en el exterior o el mundo, lo haces con su café: llega a Norteamérica, Sudamérica, Europa, Asia… Estamos presentes en todos los continentes y nos sentimos orgullosos de formar parte de la comunidad cafetalera boliviana.
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